Fuera empezó a llover.
Los dos viejos amigos pasaron con asombrosa naturalidad del modesto café turco a las bebidas espirituosas y mientras sus mentes empezaban a embotarse por los efectos alcohólicos del Jägermeister sus espíritus se empaparon de recuerdos añejos, historias olvidadas y pasajes oscuros de tiempos remotos. Rieron y lloraron juntos durante largas horas absorbidos por el reencuentro de sus almas sin prestar atención al reloj cromado que delataba, impertérrito, la entrada de la noche. La conversación fluía con la soltura habitual entre dos grandes amigos, pero se limitaban a rememorar momentos pasados de sus vidas, situaciones que habían vivido juntos, olvidando, casi adrede, el gran lapso de tiempo que les había mantenido separados.
La puerta se abrió y se escuchó el tintinear de la campanilla que advertía la llegada de nuevos clientes. Max y Sasa no prestaron atención porque se hallaban enfrascados en una discusión en la que intentaban sincronizar sus recuerdos: El irremediable transcurso de los años había erosionado los detalles y algunos lugares y bastantes fechas bailaban entre las diferentes historias que traían de vuelta a su memoria. Trataban de reconstruir al detalle todos los momentos que habían pasado juntos y que cuarenta años no habían borrado del todo.
El hombre de porte adusto que estaba detrás de la barra interrumpió su conversación para exigir el pago de la botella de verde licor que tan bien había servido como lubricante para su conversación, ya que según dijo, era tarde y se disponía a cerrar. Max y Sasa apuraron sus vasos después de cerciorarse de lo intempestivo de la hora y salieron del local.
Aún seguía lloviendo fuera de los cálidos muros del Café-Taberna Möglicherweisse y un fuerte viento otoñal arrastraba las cobrizas hojas que los tilos habían dejado caer sobre las húmedas calzadas de Berlin. Era una noche fría. Se quedaron parados unos instantes en la puerta del Café, valorando en silencio las últimas horas de sus vidas.
- Vamos a mi casa, tengo algo que creo que deberías ver.- Dijo Sasa repentinamente, como si acabase de recordar algo.
- Bueno... en realidad creo que debería irme a mi casa, es tarde y mañana tengo que hacer algunas cosas...
- No seas cretino, ¿Quieres saber porque desaparecí después de lo del monte Zlatibor? Encontré algo Max, algo que hizo que me diera cuenta de demasiadas cosas y que me impulsó a huir durante tanto tiempo. Creo que deberías verlo.
Max agachó la cabeza y exhaló lentamente el aire de sus pulmones. El vaho ascendió hacia las nubes que seguían descargando sobre ellos. Alzó de nuevo la vista para encontrar la de Sasa y asintió.
Ambos comenzaron a caminar en silencio.
I.EL MIEDO
Sasa entró primero, se quitó el abrigo y lo arrojó sobre una torre de libros que se amontonaban desordenadamente. Seguidamente se perdió sin ni siquiera encender la luz en lo profundo del pasillo mientras murmuraba frases en serbio.
Max entró cuidadosamente, temiendo algo que ni él mismo conocía. Observó con atención el interior del piso. Las paredes lucían un viejo papel pintado amarillo, que había decidido caprichosamente separarse del muro formando relieves que le parecieron montañas. El pasillo de entrada estaba abigarrado de estanterías cansadas y vencidas por el peso de gruesos volúmenes de literatura, revistas trasnochadas y una miríada de papeles manuscritos que amenazaban con desplomarse sobre cualquier incauto que osase pasar por debajo. Cerró la puerta tras de sí y, con cuidado, se adentró en el corredor hacía la oscuridad que cubría la casa.
lunes, 3 de noviembre de 2008
lunes, 27 de octubre de 2008
S02: Gonzalo
El humo se colaba por debajo de la puerta de la cafetería para desaparecer en la calle Reinhardtstraβe entre el vaivén de los viandantes. Sasa empujó suavemente la puerta de madera e invitó a pasar a Max, que no conseguía contener sus sentimientos y temía que el corazón rompiese alguno de los viejos botones de su camisa. Sus ojos oscuros de viejo lobo del desierto escrutaban la cara de su viejo amigo, sus manos temblaban en los bolsillos haciendo tintinear algunas monedas huérfanas.
El aroma a tabaco, café y madera húmeda de la cafetería parecía haber detenido el tiempo en algún momento de la vieja Alemania. El único testigo del paso del tiempo era un viejo reloj cromado, en una pared libre de recortes de periódico amarillento. Al fondo, junto a una estantería repleta de cajas de madera, una pareja de ancianos encorvados estaba sumergida en una partida de backgammon. Apenas parecían querer moverse, y se confundían con los tonos ocre del mobiliario. Y, sin embargo, era probablemente el lugar más maravilloso de la ciudad.
Por unos minutos, se examinaron el uno al otro, interrumpiendo el silencio con algún sorbo de café turco.
-Es fantástico volver a verte después de tanto tiempo, Sasa. Bueno, ya sabes, no me debes ninguna explicación, yo no pretendo... - el viejo coronel bajó la vista. - No pretendo que me expliques qué pasó...
-Todo ha cambiado Max, yo... Han pasado cuarenta y dos años. Tengo dos hijos, dos nietos estudiando fuera...
-¿Hijos? - Interrumpió Max abriendo los ojos y entre carcajadas. - ¡Maldita sea! ¡Sabía que no valías ni para maricón!
Sasa sonrió apartando la mirada del café turco.
-Vamos, Max, eras un oficial de la ONU y me salvaste la vida, te idolatraba. ¡Joder, me habría follado al mismísimo Satanás!
Ambos rieron. Max sacó un cigarrillo blanco de la cajetilla de Lucky Strike y se apartó la barba de la boca para poder encendérselo. Sasa tomó uno por su cuenta en el momento en el que su amigo desaparecía tras el humo. Durante unos minutos, intentó recordar escenas de la guerra. El VRS, el semen endurecido de las mantas, la sangre y el frío. Y el miedo, joder, el miedo. Masticó algo de café que había quedado en el limbo de su boca. Max interrumpió sus pensamientos.
-Te perdoné la vida, no te salvé la vida. En la guerra nadie salva vidas, Sasa, lo sabes.
Dicho esto, el alemán sacó del bolsillo de su pantalón de pana vieja un montón de papeles desgastados. Entre ellos, había uno que tenía la particularidad de parecer tela. Y es bien sabido que los papeles que parecen tela son siempre los más importantes, los más valiosos. El tiempo había moldeado ese papel amarillento redondeándole las esquinas, rajándolo tal y como antaño hizo el hielo los fiordos. Visto muy de cerca, los bordes habían perdido la perfección para presentar diminutos hilillos que se perdían en lo infinitesimal. Pero era su apariencia de pedazo de tela lo que lo convertía en algo interesante. ¿De qué otro modo podría explicarse su larga vida en el fondo de unos pantalones de pana?
Max miró a los ojos a Sasa con una sonrisa de hombre viejo y le acercó el papelito hasta que quedó al mismo alcance que la taza de café. Los ojos azules del serbio se clavaron en el papelito. Al pronto, dijo:
-¿Y las piezas de madera?
-Las fuí perdiendo a lo largo de los meses, así que las dibujé en papel para poder verlas- Contestó el alemán-. Y sí, lo resolví: ¡Albert Camus!.
-”La seule règle qui soit originale aujourd'hui: apprendre à vivre et à mourir, et pour être homme, refuser d'être Dieu”. Camus... exactamente.
El aroma a tabaco, café y madera húmeda de la cafetería parecía haber detenido el tiempo en algún momento de la vieja Alemania. El único testigo del paso del tiempo era un viejo reloj cromado, en una pared libre de recortes de periódico amarillento. Al fondo, junto a una estantería repleta de cajas de madera, una pareja de ancianos encorvados estaba sumergida en una partida de backgammon. Apenas parecían querer moverse, y se confundían con los tonos ocre del mobiliario. Y, sin embargo, era probablemente el lugar más maravilloso de la ciudad.
Por unos minutos, se examinaron el uno al otro, interrumpiendo el silencio con algún sorbo de café turco.
-Es fantástico volver a verte después de tanto tiempo, Sasa. Bueno, ya sabes, no me debes ninguna explicación, yo no pretendo... - el viejo coronel bajó la vista. - No pretendo que me expliques qué pasó...
-Todo ha cambiado Max, yo... Han pasado cuarenta y dos años. Tengo dos hijos, dos nietos estudiando fuera...
-¿Hijos? - Interrumpió Max abriendo los ojos y entre carcajadas. - ¡Maldita sea! ¡Sabía que no valías ni para maricón!
Sasa sonrió apartando la mirada del café turco.
-Vamos, Max, eras un oficial de la ONU y me salvaste la vida, te idolatraba. ¡Joder, me habría follado al mismísimo Satanás!
Ambos rieron. Max sacó un cigarrillo blanco de la cajetilla de Lucky Strike y se apartó la barba de la boca para poder encendérselo. Sasa tomó uno por su cuenta en el momento en el que su amigo desaparecía tras el humo. Durante unos minutos, intentó recordar escenas de la guerra. El VRS, el semen endurecido de las mantas, la sangre y el frío. Y el miedo, joder, el miedo. Masticó algo de café que había quedado en el limbo de su boca. Max interrumpió sus pensamientos.
-Te perdoné la vida, no te salvé la vida. En la guerra nadie salva vidas, Sasa, lo sabes.
Dicho esto, el alemán sacó del bolsillo de su pantalón de pana vieja un montón de papeles desgastados. Entre ellos, había uno que tenía la particularidad de parecer tela. Y es bien sabido que los papeles que parecen tela son siempre los más importantes, los más valiosos. El tiempo había moldeado ese papel amarillento redondeándole las esquinas, rajándolo tal y como antaño hizo el hielo los fiordos. Visto muy de cerca, los bordes habían perdido la perfección para presentar diminutos hilillos que se perdían en lo infinitesimal. Pero era su apariencia de pedazo de tela lo que lo convertía en algo interesante. ¿De qué otro modo podría explicarse su larga vida en el fondo de unos pantalones de pana?
Max miró a los ojos a Sasa con una sonrisa de hombre viejo y le acercó el papelito hasta que quedó al mismo alcance que la taza de café. Los ojos azules del serbio se clavaron en el papelito. Al pronto, dijo:
-¿Y las piezas de madera?
-Las fuí perdiendo a lo largo de los meses, así que las dibujé en papel para poder verlas- Contestó el alemán-. Y sí, lo resolví: ¡Albert Camus!.
-”La seule règle qui soit originale aujourd'hui: apprendre à vivre et à mourir, et pour être homme, refuser d'être Dieu”. Camus... exactamente.
lunes, 20 de octubre de 2008
S01: Djordje
I. EN UN LUGAR CREADO POR NORMAN McLAREN U OSKAR FISCHINGER
No había enloquecido, no. Estaba sereno, sentado en su sillón de terciopelo roído, entre desorden. De la pequeña ventana intentaban alcanzar su rostro un puñado de fotones de la tarde berlinesa. Era un pequeño y por dentro arrugado piso en el este. Oscuro, como le correspondía. Roído por ideologías, oscilando en algún estado del alma que la ciencia llama no equilibrio. En equilibrio. El desorden de su salón lo llamaba entropía, y le gustaba hacerlo así. Gracias a su condición de científico, en algún tiempo reconocido (mientras jugaba a lo que todos) sabía que la entropía no era la falta de orden, sino la sobra de posibilidades.Pasaba los días y las noches exprimiéndose físicamente, intelectualmente, espiritualmente. Tampoco quedaba mucho que exprimir. Aunque todos los días hablaba con muchos, estaba solo. Ése era su mayor peso, porque por lo demás, su existencia se basaba en la inmensa convicción de que la seriedad es la falta absoluta de sentido de la realidad. Una aberración, un espejismo, un espectáculo, una gran obra de teatro que la gente llama realidad. La importancia de algo no era lo importante, lo importante era la esencia. Su cuerpo estaba allí sentado, en pantalones verdes, mientras él volaba entre ideas extravagantes de universos fractales, y pensaba que toda la información estaba formada por curvas, y toda la comunicación por rectas. Eso le hacía reír y saltar como un niño.
Olía, degustaba, palpaba. Veía, miraba, oía, escuchaba. Reía. Pero estaba insoportablemente solo entre tanta gente. Se había gastado toda la decepción, porque en un sólo día la desechó a insultos. No es una cuestión de culpa, es ignorancia. Lo malo no es que la gente cree constantemente mundos imaginarios en los que vive, lo malo es que los llama realidad. ¡Muerte a la vergüenza! - Exclamaba. ¡Sólo la pena, la lástima puede salvarnos de la no existencia! Le gustaba tumbarse en la tierra húmeda de la nieve derretida, boca abajo. Le traía recuerdos. Le llenaba, porque le hacía sentirse parte del planeta. Parecía que éste era una protuberancia que le crecia del ombligo. Un día le vino a la cabeza la idea de una guerra en la que, en lugar de sangre, se derramara semen, y rió a carcajadas. En otra ocasión, imaginó a un trilero en el infierno, y lloró.
En este tipo de cosas transcurría su existencia. Era un filósofo del amanecer. Era un alma gaseosa. Era una sílaba promiscua que intentaba formar parte de miles de palabras. Pensaba que el futuro no era un tiempo, era una forma. Por eso, y como nada le importaba, caminaba. Ahora caminaba por una calle berlinesa, copada de tilos que parecían caballos salvajes. Los imaginaba saltrar, cada uno a donde quisiera, en lugar de estar enfilados, como encerrados en una línea recta. De pronto, un hombre viejo apareció entre ellos. Le reconoció en seguida. Era Max, el gran Max, su compañero de miradas hacia la nada, su camarada, su mentor de desquicios, su padre geológico. Hacía por lo menos cuarenta años que no se habían visto ni hablado. Quedaron mudos uno delante del otro, sonriendo, y se dieron un abrazo del que gritó el hormigón. Se habían conocido en la guerra de Bosnia, perdidos en el monte. Max era en aquel entonces un oficial de las así llamadas fuerzas de paz de las Naciones Unidas, y él un pequeño soldado de 19 años, que acababa de llegar al mundo y lo estaba explorando, sin saber por qué con un fusil en la mano. Habló Max, en alemán.
-Qué puedo decir, amigo. No creí que te iba a volver a ver la cara. Venga, vamos a tomar un café. Cuando desapareciste, así, de repente...
-Sí, sí, te debo disculpas por no despedirme. Llevaba ya dos años metido en esa mierda, y al final me mataron.
Cogió a Max con fuerza del hombro, y caminaron.
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