lunes, 27 de octubre de 2008

S02: Gonzalo

El humo se colaba por debajo de la puerta de la cafetería para desaparecer en la calle Reinhardtstraβe entre el vaivén de los viandantes. Sasa empujó suavemente la puerta de madera e invitó a pasar a Max, que no conseguía contener sus sentimientos y temía que el corazón rompiese alguno de los viejos botones de su camisa. Sus ojos oscuros de viejo lobo del desierto escrutaban la cara de su viejo amigo, sus manos temblaban en los bolsillos haciendo tintinear algunas monedas huérfanas.

El aroma a tabaco, café y madera húmeda de la cafetería parecía haber detenido el tiempo en algún momento de la vieja Alemania. El único testigo del paso del tiempo era un viejo reloj cromado, en una pared libre de recortes de periódico amarillento. Al fondo, junto a una estantería repleta de cajas de madera, una pareja de ancianos encorvados estaba sumergida en una partida de backgammon. Apenas parecían querer moverse, y se confundían con los tonos ocre del mobiliario. Y, sin embargo, era probablemente el lugar más maravilloso de la ciudad.

Por unos minutos, se examinaron el uno al otro, interrumpiendo el silencio con algún sorbo de café turco.

-Es fantástico volver a verte después de tanto tiempo, Sasa. Bueno, ya sabes, no me debes ninguna explicación, yo no pretendo... - el viejo coronel bajó la vista. - No pretendo que me expliques qué pasó...
-Todo ha cambiado Max, yo... Han pasado cuarenta y dos años. Tengo dos hijos, dos nietos estudiando fuera...
-¿Hijos? - Interrumpió Max abriendo los ojos y entre carcajadas. - ¡Maldita sea! ¡Sabía que no valías ni para maricón!

Sasa sonrió apartando la mirada del café turco.

-Vamos, Max, eras un oficial de la ONU y me salvaste la vida, te idolatraba. ¡Joder, me habría follado al mismísimo Satanás!

Ambos rieron. Max sacó un cigarrillo blanco de la cajetilla de Lucky Strike y se apartó la barba de la boca para poder encendérselo. Sasa tomó uno por su cuenta en el momento en el que su amigo desaparecía tras el humo. Durante unos minutos, intentó recordar escenas de la guerra. El VRS, el semen endurecido de las mantas, la sangre y el frío. Y el miedo, joder, el miedo. Masticó algo de café que había quedado en el limbo de su boca. Max interrumpió sus pensamientos.

-Te perdoné la vida, no te salvé la vida. En la guerra nadie salva vidas, Sasa, lo sabes.

Dicho esto, el alemán sacó del bolsillo de su pantalón de pana vieja un montón de papeles desgastados. Entre ellos, había uno que tenía la particularidad de parecer tela. Y es bien sabido que los papeles que parecen tela son siempre los más importantes, los más valiosos. El tiempo había moldeado ese papel amarillento redondeándole las esquinas, rajándolo tal y como antaño hizo el hielo los fiordos. Visto muy de cerca, los bordes habían perdido la perfección para presentar diminutos hilillos que se perdían en lo infinitesimal. Pero era su apariencia de pedazo de tela lo que lo convertía en algo interesante. ¿De qué otro modo podría explicarse su larga vida en el fondo de unos pantalones de pana?
Max miró a los ojos a Sasa con una sonrisa de hombre viejo y le acercó el papelito hasta que quedó al mismo alcance que la taza de café. Los ojos azules del serbio se clavaron en el papelito. Al pronto, dijo:

-¿Y las piezas de madera?
-Las fuí perdiendo a lo largo de los meses, así que las dibujé en papel para poder verlas- Contestó el alemán-. Y sí, lo resolví: ¡Albert Camus!.
-”La seule règle qui soit originale aujourd'hui: apprendre à vivre et à mourir, et pour être homme, refuser d'être Dieu”. Camus... exactamente.

2 comentarios:

djordje dijo...

Bueno bueno!! Todo sigue en el aire... Jero amigo creo que te toca...mojarte :)

Jero dijo...

De eso nada...