I. EN UN LUGAR CREADO POR NORMAN McLAREN U OSKAR FISCHINGER
No había enloquecido, no. Estaba sereno, sentado en su sillón de terciopelo roído, entre desorden. De la pequeña ventana intentaban alcanzar su rostro un puñado de fotones de la tarde berlinesa. Era un pequeño y por dentro arrugado piso en el este. Oscuro, como le correspondía. Roído por ideologías, oscilando en algún estado del alma que la ciencia llama no equilibrio. En equilibrio. El desorden de su salón lo llamaba entropía, y le gustaba hacerlo así. Gracias a su condición de científico, en algún tiempo reconocido (mientras jugaba a lo que todos) sabía que la entropía no era la falta de orden, sino la sobra de posibilidades.Pasaba los días y las noches exprimiéndose físicamente, intelectualmente, espiritualmente. Tampoco quedaba mucho que exprimir. Aunque todos los días hablaba con muchos, estaba solo. Ése era su mayor peso, porque por lo demás, su existencia se basaba en la inmensa convicción de que la seriedad es la falta absoluta de sentido de la realidad. Una aberración, un espejismo, un espectáculo, una gran obra de teatro que la gente llama realidad. La importancia de algo no era lo importante, lo importante era la esencia. Su cuerpo estaba allí sentado, en pantalones verdes, mientras él volaba entre ideas extravagantes de universos fractales, y pensaba que toda la información estaba formada por curvas, y toda la comunicación por rectas. Eso le hacía reír y saltar como un niño.
Olía, degustaba, palpaba. Veía, miraba, oía, escuchaba. Reía. Pero estaba insoportablemente solo entre tanta gente. Se había gastado toda la decepción, porque en un sólo día la desechó a insultos. No es una cuestión de culpa, es ignorancia. Lo malo no es que la gente cree constantemente mundos imaginarios en los que vive, lo malo es que los llama realidad. ¡Muerte a la vergüenza! - Exclamaba. ¡Sólo la pena, la lástima puede salvarnos de la no existencia! Le gustaba tumbarse en la tierra húmeda de la nieve derretida, boca abajo. Le traía recuerdos. Le llenaba, porque le hacía sentirse parte del planeta. Parecía que éste era una protuberancia que le crecia del ombligo. Un día le vino a la cabeza la idea de una guerra en la que, en lugar de sangre, se derramara semen, y rió a carcajadas. En otra ocasión, imaginó a un trilero en el infierno, y lloró.
En este tipo de cosas transcurría su existencia. Era un filósofo del amanecer. Era un alma gaseosa. Era una sílaba promiscua que intentaba formar parte de miles de palabras. Pensaba que el futuro no era un tiempo, era una forma. Por eso, y como nada le importaba, caminaba. Ahora caminaba por una calle berlinesa, copada de tilos que parecían caballos salvajes. Los imaginaba saltrar, cada uno a donde quisiera, en lugar de estar enfilados, como encerrados en una línea recta. De pronto, un hombre viejo apareció entre ellos. Le reconoció en seguida. Era Max, el gran Max, su compañero de miradas hacia la nada, su camarada, su mentor de desquicios, su padre geológico. Hacía por lo menos cuarenta años que no se habían visto ni hablado. Quedaron mudos uno delante del otro, sonriendo, y se dieron un abrazo del que gritó el hormigón. Se habían conocido en la guerra de Bosnia, perdidos en el monte. Max era en aquel entonces un oficial de las así llamadas fuerzas de paz de las Naciones Unidas, y él un pequeño soldado de 19 años, que acababa de llegar al mundo y lo estaba explorando, sin saber por qué con un fusil en la mano. Habló Max, en alemán.
-Qué puedo decir, amigo. No creí que te iba a volver a ver la cara. Venga, vamos a tomar un café. Cuando desapareciste, así, de repente...
-Sí, sí, te debo disculpas por no despedirme. Llevaba ya dos años metido en esa mierda, y al final me mataron.
Cogió a Max con fuerza del hombro, y caminaron.
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